El dolor

Algo me impactó cuando conocí el dolor. Casi no lo conocía, siempre pensé que las cosas verdaderamente dolorosas le pasaban a los demás, que yo no tenía motivos por los que sufrir, que todo tiene solución y si es rápida mejor, pero para ello tenía que pasar página, desconectar, olvidar, actuar lo antes posible y… “a otra cosa mariposa”. 

Así, omitiendo el dolor, acompañada de pastillas para la menstruación, para la tiroides, para el malestar, antiinflamatorios…. lo que sea menos sentir, pasé la mayor parte de mi vida.

Para qué sufrir si puedo cortar el dolor.

Un día entendí que es una señal del cuerpo de que algo no anda bien. ¡Gracias por avisar!

El dolor me permite poder curarme, sin señal no hay cura y puede que cuando me dé cuenta ya sea tarde.

Entonces me pregunto: ¿por qué esconder el dolor? ¿por qué esconder algo tan importante en mi vida? ¿por qué esconder la posibilidad de curarme?

Creer que si oculto el dolor con pastillas, una buena sonrisa, distracción para evadirme y no sentir el dolor, este desaparece y puedo seguir demostrando al mundo que soy de hierro, superhumana, fuerte y siempre estoy al 100%, es falso, puesto que se me olvida lo más importante… 

No me he curado

Y ¿qué pasa si no me curo? Tarde o temprano la señal de dolor volverá, esta vez más fuerte para que la escuche mejor y vuelvo a poner una tirita en la herida sin ni siquiera mirarla, otra pastillita más, total una más que menos, lo importante es que mantengo mi trabajo, la casa está muy limpia y la gente que me rodea contenta, y… ¿yo?

¡Sigo enferma!

Nunca escuché a mi cuerpo, nunca lo quise, nunca lo abrace, ni le di lo que necesitaba, nunca descansé ni solté responsabilidades, nunca me cuidé y nunca sané.

Nunca es tarde para escuchar el dolor, para llorar, para pedir ayuda a alguien que me  escuche de verdad, para parar, para darme un descanso, una baja laboral, un masaje, una infusión, un abrazo, un tiempo para elegir que es mejor para mí, porque solo yo lo sé, solo yo vivo con mi cuerpo, solo yo siento mi cuerpo, sin miedo, sin culpa, con amor…

Y ahora después de conocer el dolor, de volver a mí de la forma más fuerte que podía imaginar, de sentirlo sin nada que pudiera ocultarlo, de transitarlo, de no ponerle límites, me he dado cuenta de que siempre estuvo, que nunca se fue, que apareció en cada regla, en cada jornada laboral, en cada vínculo con los demás…

El dolor que no se cura nunca se va y qué difícil escuchar esto y no saber qué hacer con ello, pero fui encontrando personas que me acompañaban, que me guiaban, que me ablandaban y así poco a poco, paso a paso, me encontré menos enferma, deje de echar la culpa a los demás, a la vida, a la mala suerte, a la injusticia… Y conseguí vivir en armonía con la vida.

Hoy a pesar de transitar el dolor más intenso de mi vida, puedo sentir el amor de las personas que más quiero de su forma más verdadera, una vez que abrí mi sentir hacia el dolor también abrí mi vulnerabilidad, mi debilidad, mi blandura, mi amor hacia mí misma, hacía mi dolor, abrí mí corazón hacia las personas que hacen lo mejor que saben para qué me sienta acompañada, abrazada, sentida…  

No les oculté mi dolor, no lo tapé, lo expresé y todos lloramos juntos.

Cada herida viene acompañada de una nueva oportunidad para ver más profundo, esa profundidad trae paz y esa paz a su vez trae belleza a mi vida.

Ana

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