Enemigos del desarrollo infantil saludable

Criar un bebé es una tarea difícil, por varios motivos: para el bebé es difícil ser bebé, y para el adulto, es difícil acompañar a alguien que lo está pasando mal. El bebé emite señales y el adulto debe interpretarlas, y no siempre lo logra.

Para colmo, vivimos en una época en la que los conceptos acerca de la crianza son diversos, diametralmente opuestos me atrevería a afirmar. Se suelen encontrar artículos en los que se recomienda dejar llorar al bebé para que “no le tome el tiempo al adulto”, y otros en donde se fundamenta por qué hacer semejante cosa es perjudicial para el niño.

Se recomienda estimular al bebé para que desarrolle sus potencialidades al máximo, y otras veces desrecomiendan rotundamente la estimulación, porque explican que en realidad limita el desarrollo. Y así las jóvenes madres se encuentran en la disyuntiva de elegir de acuerdo al fundamento con el que se identifican, aquél que les hace más sentido, o quizás aquél que ha primado en su familia como hábito de crianza, sin cuestionamiento alguno acerca de sus posibles efectos.

No ha de faltar el temido comentario del entorno mayor “a ti te hemos criado así y bastante bien has salido” o lo que es peor aún, cuando los mismos padres justifican enfoques nocivos de crianza con el “a mí me han criado así y soy una persona de bien”.

Pero, entonces ¿cómo saber? ¿qué está “bien” y qué está “mal”? Existe al menos una respuesta inequívoca que nos puede guiar en todo momento, y esta respuesta es LA FISIOLOGÍA.

La fisiología es el comportamiento espontáneo del organismo para regularse y desarrollarse. Es inequívoca, indispensable e inevitable. Tiene una expectativa que debe ser satisfecha.

Melina Bronfman

Un ejemplo muy sencillo de la necesidad de satisfacción de la fisiología es el sueño. Si no llegamos a dormir la cantidad necesaria de horas, comenzamos a debilitarnos, a fallar en nuestras acciones y si seguimos sin respetar esta necesidad, finalmente redundamos en un deterioro generalizado de la salud.

Si nos alejamos de ella, enfermamos físicamente. Si nos seguimos alejando, enfermamos psíquicamente.

Dos errores graves que los adultos cometen durante la crianza de sus hijos:

1 NO ATENDER LAS SEÑALES DEL BEBÉ

Hablando acerca de lo que un bebé necesita, desde el punto de vista de la fisiología, es contacto permanente con el cuerpo de su madre, lactancia a respuesta, atención personalizada (por ejemplo durante el cambio de pañal, no hacerlo de manera mecánica ni estandarizada, sino contándole al bebé qué se le está realizando en su cuerpo). Todas estas satisfacciones lo convertirán en un ser seguro, porque las respuestas que obtiene de su entorno le confirman lo que estuvo sintiendo. Un bebé que llora por el motivo que sea (hambre, sueño, miedo) y no es atendido, comienza a confundir sus propias sensaciones, con válidas o no válidas. Porque si fuesen válidas, serían atendidas, ¿verdad? Y entonces si nadie se ocupa de ellas, es que lo que le ocurre no es importante, o no es correcto que le ocurra. Con el tiempo, el bebé aprende a no emitir señales de disconfort. Este patrón de “no pedir”, de sumisión ante el disconfort, ya está formateado en su cerebro y a menos que en su vida consciente pueda observar que se trata de un aprendizaje forzado, pero antifisiológico, y por lo tanto trabajar para revertirlo, esta persona estará en realidad preparada para someterse a las decisiones de otras personas, por más caro que sea el precio a pagar por esta sumisión.

No atender las necesidades del bebé conlleva a consecuencias gravísimas, muchos autores se han ocupado de describirlas, apenas he esbozado con ligereza un tema que ha sido descripto en volúmenes enteros.

2 LA ESTIMULACIÓN

Este punto es muy extenso y aparentemente muy controversial. Sugiero que se lo lea con detenimiento para no perder detalle, porque será muy necesario tener claros los argumentos para poder esclarecer la posición tomada al respecto.

Creer que el bebé necesita ser estimulado para desarrollar su potencial es la idea que más difusión tiene hasta el día de hoy. Ya sabemos que dejar llorar a un niño es nocivo para su cerebro. Hay estudios que lo confirman. Incluso datos duros, imágenes cerebrales de niños expuestos al llanto y sufrimiento que demuestran que su cerebro tiene un desarrollo más pobre que aquel niño que conoce las respuestas adecuadas a sus necesidades. Pero sobre la estimulación, no hay mucho desarrollado aún, o al menos que esté masivamente difundido. En todas las carreras enfocadas a los tratamientos de personas de cualquier edad con algún déficit, la orientación siempre es a la estimulación.

Soy Musicoterapeuta y doy fe de ello. Las profesionales formadas (y formateadas)  en otras carreras análogas (terapia ocupacional, estimulación temprana) dan cuenta de este enfoque. “El niño tiene que“ es el mandato silencioso que tienen en su cabeza todo el tiempo. Considero necesario definir a qué llamo “estimulación”. Es una experiencia artificial, no creada por el niño, pero sí para él, destinada generar una respuesta que satisfaga al adulto o a las expectativas que el adulto tiene de determinado niño o de un grupo. Se basa en los resultados a los que un niño llega, o a niveles evolutivos esperables (estimular a un niño a realizar determinado movimiento con alguna parte de su cuerpo, el ejemplo más común es colocar el niño boca abajo para que levante la cabeza y “fortalezca” la musculatura paravertebral cervical), procurando anticiparse a lo que sabe que ocurrirá espontáneamente, y desarrollando una técnica que supuestamente provocará dicho resultado. 

 Someter a un niño tanto a sesiones de estimulación como a experiencias estimulatorias lo lleva a creer que no puede lograr nada por sí mismo. Formatea su cerebro en el modo “necesito ayuda”*, yo solo no sé /no puedo/no se me ocurre/no soy capaz.

* Esta combinación con la anterior “cuando necesito ayuda no la obtengo” puede ser catastrófica para el niño, porque lo lleva a un estado de indefensión y sometimientos muy profundos. En definitiva, el adulto lo “ayudará” cuando crea conveniente. 

El niño pierde toda libertad de acción y creación. Su mirada queda enfocada hacia el adulto, como pidiendo permiso o preguntando si así “está bien”, está haciendo lo que se esperaba de él.

¿Qué más se pierde? La espontaneidad, la curiosidad, la riqueza de aprendizaje, el orden genuino y la manera en el que el desarrollo iba a ocurrir. 

¿Qué se obtiene? 

·         Una relación estímulo – respuesta. El niño responde siempre y cuando exista el estímulo. Pero cuando este no existe, ¿qué hace entonces el niño? En el mejor de los casos, pide. En el peor, espera.

·         Pobreza de acciones y de iniciativa: el niño sólo aprendió a ejecutar aquello para lo que se lo ha entrenado. A veces voy a las plazas (a sufrir, sinceramente) y observo a los niños jugar y a sus acompañantes. Muchas veces son sus madres, algunas ocasiones su padres, algunos abuelos y personal doméstico, niñeras, etc. La escena del niño que pierde el equilibrio, cae al suelo, queda inmóvil (ni siquiera atina a intentar levantarse) el adulto se acerca y lo pone de pie como si se tratara de un maniquí, se ha repetido delante de mis ojos con todos los adultos que he mencionado. El patrón instalado es grave: no sabemos si no sabe ponerse de pie, o si no cree que puede hacerlo, o si cree que no le está permitido.

·         Limitación de movilidad. Dos ejemplos:

1.       El gateo es parte indispensable del desarrollo de la motricidad. Es precursor de la marcha en la coordinación y en la gestión del equilibrio. Los niños que son puestos en posición sentada por parte de los adultos no aprenden a salir de dicha posición, porque no construyeron la llegada, no pueden deconstruir la salida. Muchas veces como consecuencia no llegan a desarrollar el gateo. A veces logran desplazarse dando saltitos con el trasero. Otras ni siquiera lo intentan. El adulto determinó que debía quedarse en ese lugar con sus juguetes, y allí queda, a veces horas. O llora.

2.       La colocación en decúbito ventral, desde ahora DV (panza abajo) para que eleve la cabeza y ejercite la musculatura del cuello. El bebé, si es colocado de espaldas, logrará dominar la rotación de su cabeza y el precario equilibrio que implica mantener alineada su columna en sus diferentes segmentos (cabeza, cervicales, dorsales lumbares y sacro-pelvis) antes de animarse a cambiar de posición en el espacio. Luego va tanteando colocarse de costado hasta que finalmente logra colocarse por sí mismo en DV. Para lograrlo, ha elevado sus piernas millones de veces, a tonificado su musculatura abdominal, ha integrado todo su cuerpo en el movimiento.

Cuando llega por sí mismo a la posición boca abajo, domina muchas posiciones intermediarias y hace todo de manera voluntaria y electiva. En cambio si es colocado de muy pequeño en DV , el bebé se ve forzado a levantar la cabeza repetidas veces porque la posición resulta muy incómoda (muchos bebés suelen llorar cuando el adulto los coloca en esa posición) interfiere con la respiración, y el movimiento, lejos de ser voluntario, es REFLEJO y defensivo. Lo hace porque no puede hacer otra cosa, pero tampoco puede seguir así.

Dicha ejercitación disocia además el funcionamiento de las cadenas musculares. El bebé no integra el movimiento con toda la musculatura paravertebral, porque aún no la “ha conectado” a su conciencia y sus sistema nervioso aún no se ha mielinizado como para lograr dicha conexión. Provoca distensión abdominal (recordar que el bebé necesita abdominales tonificados para lograr sentarse), por lo que finalmente esta posición termina por obstaculizar el desarrollo de la motricidad: el bebé no se sentará, lo sentarán, no gateará, tendrá un equilibrio precario, lo pondrán de pie, lo obligarán a caminar, porque no hace nada por sí mismo y “necesita estimulación”.

BEBÉ QUE HA SIDO COLOCADO EN DV SIENDO DEMASIADO PEQUEÑO. PADECE EL PESO DE SU CABEZA.
BEBE QUE ESTÁ APRENDIENDO A GIRAR SOBRE SI MISMO DE MANERA AUTÓNOMA. OBSERVAR TODO SU CUERPO INTEGRADO AL MOVIMIENTO Y A LA POSTURA
BEBÉ QUE HA LOGRADO DARSE VUELTA POR SÍ MISMO

Finalmente el niño termina haciendo todo, caminar, etc., (recordar, la fisiología es inevitable) y el adulto, en su mala lectura, cree que fue gracias a su intervención. 

No ve que la pérdida de la iniciativa lo convierte en esclavo de sus intervenciones, porque el niño pide y demanda que se ocupen de él, porque ha perdido la oportunidad de conocerse y hacer lo que le gusta.

Este tipo de experiencias forma parte de los factores que generan a un niño con poca capacidad para gestionar su frustración, con enorme sensibilidad, que estalla en llanto “de la nada”, que siempre está enojado o con el ceño fruncido, y con predisposición a la violencia. 

La frustración es precursora de estas situaciones y un niño cuya fisiología del desarrollo ha sido sistemáticamente frustrada, padece de un desajuste biológico, y también emocional, como describí al principio del artículo.

¿Entonces?

Por último, no estimular no es abandonar. Ni tampoco dejar que haga  lo que quiera. Es acompañar. Estar junto a mientras hace. Pero no hacer-le (sentarlo, rodarlo, etc.). Si el niño no sabe que existe la postura a la que algún día llegará, tampoco tiene la ansiedad por alcanzarla. Disfruta de su aquí y ahora, porque eso es su máximo en este momento. Se permite posarse y transitar su camino con total placer y tiempo para conocerse y conocer el mundo que lo rodea. 

El adulto es el responsable de brindar un entorno seguro, vestimenta adecuada, que no limite los movimientos y permita éxito total en su autoexploración, y la del entorno. Mostrará el encuadre, cuál es su espacio destinado a su actividad, con qué elementos podrá experimentar, qué se puede hacer y qué no. Son los niños que llegan a un lugar y observan absolutamente todo el espacio antes de decidir qué hacer. No tienen apuro por abalanzarse, más bien todo lo contrario. Evalúan muy bien dónde están, con quiénes, qué pueden hacer  y con qué. No es desconfianza, es prudencia. Son cuidadosos de sí mismos y de los otros niños. No molestan, y tampoco permiten que los demás lo hagan. 

Incluso, respecto de las situaciones de prematuridad, síndrome de down, hipotonía, etc. (diagnósticos ante los cuales hay una indicación casi directa e inmediata de estimulación), tiendo a ver a ese niño como perfecto tal cual es, (no necesita alanzar un ideal) y a observarlo respetuosamente para determinar si realmente es necesaria o no, una intervención. La indicación de intervención debe ser sumamente cuidadosa y destinada a afinar sus habilidades, para ayudarlo a estar más conforme con sus propios resultados. Por lo pronto, deberán ser realizados a un niño que sea consciente de sí mismo, y que él pueda administrar cuánto, cuándo y qué, con el objetivo permanente de que siempre se sienta dueño de su destino.

A veces me pregunto para qué existen tantos cursos de desarrollo personal. He formado parte de algunos, y la mayoría de las personas que participaban, expresaban disfunciones profundas, hablaban de su infancia y de las enormes limitaciones que padecieron por parte de sus adultos. Como para pensarlo.

Si te interesa profundizar más sobre este tema estaré brindando una formación presencial en desarrollo fisiológico infantil en Montevideo. Ver la agenda de actividades 2022 aquí.

Puedes seguir todas las novedades en la cuenta de Instagram del evento.

Melina Bronfman

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